sábado, 30 de agosto de 2008

M.P. Pogódin a Gógol


Moscú, 14 de julio de 1847.

Tu libro te causó mucha aflicción, ahí tienes una gota de placer, amabilísimo Nikolai Vasílievich. Te envío una carta que me escribió un joven...1
Apenas empecé a escribirte esto, cuando recibí tu carta del 8 de julio. Me fue triste leerla. Tu barca anda por el mar, las olas la golpean de un lado al otro, y está lejos de ti el puerto, ¡está lejos Jerusalén! Se me fue de la cabeza todo lo que quería escribirte en esta carta, al parecer, la continuación de una carta mía, y ahora voy a responder sólo a la tuya.
Tú me rogaste antes: "Escríbeme todo, todo lo que te venga a la cabeza, en el primer pedazo de papel", y por el estilo2. ¿Qué te llama pues la atención, ante todo, en mis cartas? Las pequeñeces, las observaciones de pasada, las palabras que se escapan en el curso del discurso, en una palabra, el poner peros a todo, pero lo que es importante respecto a ti, a mí, como que pasa inadvertido. Encuentras ciertas contradicciones huecas, te afliges con ciertos reproches, mientras que yo te dije desde el mismo principio, y te lo dije de un modo solemne, que no estaba enojado y no pensaba reprocharte, y que tu acción conmigo, aun antes, la quería analizar de modo histórico, para un conocimiento, para una enseñanza recíproca; ¡a ésta aún no le toca el turno en mi carta! Sólo una vez, recuerdo, te trasmití ciertas circunstancias; por lo demás, de todas formas, sólo para un conocimiento. Al ver ahora, que tú no puedes entender eso de ningún modo, y ves, supones que las presentes sensaciones son lamentos, en lugar de informes históricos, pues suspendo mi carta (en seis secciones), y no voy a analizar tu acción como suponía antes, para evitar malentendidos. Regreso a la respuesta.
Tú me acusas de reproches a la nobleza. Si algo yo no quiero en el mundo, es a la nobleza. Yo estoy convencido de que degeneró físicamente, de que por ella circula otra sangre, que no es capaz de ningún bien (a lo que contribuye, además del físico, la educación), que todas sus hermosas y dulces palabras no tienen vida, y ese sentido que tienen esas mismas palabras para las otras personas, que se engañan a sí mismas ópticamente más que otras. Yo me convencí de eso después de muchas experiencias, incluso, con esas mismas personas con quienes tienes relaciones. No ocultaré que la procedencia plebeya, la juventud pasada en una casa ilustre3, con la visión de todas las ignominias y demás, fue la razón para que yo llegara al extremo, y soliera ser injusto en ese sentido, y por consiguiente, pudiera enojarme contigo en demasía, pudiera burlarme, pero no puede ser que yo te haya escrito como trasmites: "Tú complaces sólo a los ilustres", "Te son preciados sólo los ilustres". No, no puede ser que yo haya escrito así. Tú tergiversaste mis palabras, y de esa forma no las reconozco como mías. Aquí tienes un ejemplo excelente, de cómo nuestra imaginación o amor propio, o lo que quieras tergiversa las cosas a su voluntad, y juzga lo tergiversado del todo injustamente. Te ruego copiarme mis palabras con una fidelidad diplomática. Si éstas están escritas como las trasmitiste, pues me servirán de lección a mí, si al revés a ti.
Te respondo por línea. Sácate de la cabeza la idea, de que puedes recibir informes de Rusia por rumores. No, no y no. Recibirás un absurdo total. Una semana en casa te mostrará todo mejor y más fielmente, que cinco años en tierras extrañas. En nuestro país se producen milagros a la vista cada día, y ésos sólo los puede captar un ojo avisor en el lugar. ¿Y tú a quién escuchas? ¡A los ricos, los ociosos, a los magnates semifranceses o semialemanes! ¡De nuevo te salieron por la pluma!
Ahora viene una parte importantísima de tu carta. Entre nosotros se produjo un gran malentendido. Pasaron muchos años, muchos sentimientos por el corazón, muchas ideas pasaron por mi cabeza pero, que yo recuerde, empecé a pedirte artículos en 1842, debido a tu ofrecimiento anterior, como me parecía, debido a tus propias palabras dichas antes, en las que creí oír tu intención de darme un artículo. Yo pensaba que sólo te lo recordaba. Recuerdo ahora vivamente tus palabras: "Es necesario que sea de peso, que se hable de eso." Tú hablabas, veo ahora, de tu trabajo, y yo, que estaba dispuesto y pensaba, creí oír o pensar que hablabas de un artículo, que querías preparar para la revista. Al poco tiempo de esas palabras, cuando debió salir el libro, o en alguna circunstancia apremiante, yo, plenipotenciado por tus palabras, te lo empecé a recordar. No puedo traer ahora a la memoria todos los detalles, pero estoy casi seguro por completo de que fue así. Yo recuerdo muy bien que no quería pedirte artículos, y te los pedí cuando tú mismo te ofreciste, según me pareció. No quería yo preguntarte pues, lo reconozco encogiendo el corazón, haciendo un esfuerzo, quejándome y culpándote interiormente de que no querías ayudarme, cuando yo hacía el máximo esfuerzo (antes de proceder a mi gran trabajo, escribir la historia) para arreglar los asuntos y el destino de mi familia. Siempre me pareció que actuabas de un modo excéntrico, aunque inconsciente, que soñabas con sorprender a todos, con el encanto del orgullo y por el estilo, mientras que Rafael y Correggio (te recuerdo la comparación de entonces) podían safarse de sus madonnas, y ofrecer en los recesos servicios menores a sus amigos.
"Tú vives en mi casa y entre tanto..." Eso yo lo pude decir, pero sin reproche, y debería darte vergüenza, que pudiste oír un reproche en unas palabras totalmente simples y, agrego, totalmente correctas. (Yo las puedo decir y ahora.) Todos dicen: "Él vive en su casa, está relacionado con él, lo llama su amigo y, entre tanto, no tiene ninguna participación en su trabajo, entonces no lo aprueba o, simplemente, lo engaña". Así mismo fue. Así mismo fue cómo, tu traspaso de la venta de Las almas muertas a Sheviriév, cuando recién fue creada la oficina de El Moscovita, sirvió a mis enemigos como prueba, de que ¡no tenías confianza en mí! Fueron instantes amargos para mí, te lo dirá mi Liza en el otro mundo. Seis años compartí contigo mis últimas migajas sin pensar, sin conocer una devolución (porque tú, en 1839, en Marienbad, me aseguraste que no ibas a publicar Las almas muertas4 en vida), y de pronto, al empezar a publicar, te apartaste de mí, te dirigiste por el dinero de la impresión a otros, a quienes dan la harina en préstamo, cuando oyen que el centeno ya está en el granero, y demás y demás; y yo me vi injuriado, apartado (ahora me explicas la razón). ¿Por qué? "Por mi amor", gemí para mis adentros. Cuánto te quise, yo recuerdo cómo te escribí sobre la muerte de Púshkin (¡ya no amo pues ni la literatura, ni la patria, ni a ti, como amaba entonces!) Había un montón de otras circunstancias. El diablo las sabe reunir a tiempo. Al encuentro pues, tendremos de qué hablar. Porque yo me persigné cerrando la puerta tras de ti, y ya al año, al parecer, o más podía escribirte. ¡Y tú mismo me odiabas por ese tiempo! ¡Oh, los hombres! ¡Somos una penosa creación! Esa ambigüedad, esa imposibilidad de conocerse el uno al otro, ese engaño constante, incluso con toda pureza de intenciones, nobleza y demás, sirven a mi mente como pruebas, de que debe haber seguramente un tiempo, un lugar ¡donde todo se explique!
De nuevo se me suscitó en la cabeza un montón de cosas. Sólo, por Cristo, no pienses que haya reproches aquí. Yo te escribo tranquilo por completo, y deseo sólo una explicación para mí, como para ti. Tú me escribes que te atormentaste dos años con el deseo de justificarte conmigo, y de pronto me injuriaste, me acusaste ante la patria, ante los amigos, ante los enemigos, ante el zar, incluso ante la descendencia, dijiste que yo no hice nada en 30 años, que no conduje a ningún joven al bien, y con motivo de un razonamiento sobre mí concluiste, ¡que la palabra debe tratarse de modo honroso!, o sea, no así como hago yo. Por consiguiente, ¡yo la traté de modo deshonroso! Ahí tienes cómo el diablo confunde tus palabras o mis conceptos.
Leí el final de tu carta. Bueno, ¡besémonos! ¡No hubo nada, no guardar más rencor! Que mi (nuestra) Liza sea testigo desde la altura de su morada. ¡Estará acaso allá, amigo mío! Lloro... Hay en mí muchos vicios, probablemente, visibles e invisibles pero, Dios es testigo, hubo y hay aún mucho amor, yo amé ardientemente y le deseo el bien a las personas. Recordé aun un hecho: al parecer, antes de tu partida, estuve una vez arriba, en tu habitación, hablé recuerdo de la universidad, estaba conmovido y lloré, ¡y tú ya entonces me despreciabas! ¿Eso te pareció hipocresía? Recuerdo aun las palabras. ¡No, hay algo que no es así! ¡Te equivocas! Hace doce años que me conoces, doce años que no viste nada más que bondad, ¡y de pronto una palabra o, mejor, una idea que tú mismo le diste a la palabra, te saca de tus cabales, te provoca desprecio, odio! Una palabra, y me llamaste en la dedicatoria Tomás el Gemelo5. No me entienden, me injurian. No he visto, o casi no he visto compasión. ¡Es, por lo visto, mi cruz! ¡Perdí a mi único amigo! Te abrazo.

Tuyo, M. Pogódin.

Sobre la segunda parte de tu carta no puedo escribirte ahora. Hasta la próxima vez. El padre Makárii falleció, y falleció hermosamente.

1Se trata, probablemente, de Apollón Grigóriev, poeta y crítico.
2En la carta del 18 (30) de abril de 1847 (Acad., XIII, No 160).
3Mijaíl Pogódin es hijo de servidumbre del conde I.P. Saltikóv. Posteriormente, por varios años, es instructor en la casa del príncipe I.D. Trubietskói, de cuya hija estaba enamorado.
4Al parecer, Gógol supone en aquel momento que Las almas muertas no serían autorizadas por la censura (LN, t. 58, p. 793, 794).
5Gógol le regala a Mijaíl Pogódin un ejemplar de los Pasajes selectos… con la siguiente dedicatoria: “Al desaliñado y desgreñado de alma Pogódin, que no recuerda nada, no repara en nada, que inflige al otro ofensas a cada paso y no lo advierte; a Tomás el Gemelo, que con un rasero miope y burdo mide a los hombres, le regala este libro, como recuerdo eterno de sus pecados, un hombre tan pecador como él, y aun mucho más desaliñado que él mismo.” Gógol compara también a Mijaíl Pogódin con Tomás el Gemelo en su carta del 26 de junio (8 de julio) de 1847.

Imagen: Jean Beraud, Home, Driver!, XIX.