viernes, 30 de enero de 2009

S.P. Sheviriév a Gógol


Moscú, 30 de enero de 1847.

Me apresuro a enviarte el dinero recibido ayer por 1201 ejemplares de tu libro1, con una rebaja de un 25 por ciento, en total 1802 rub. de plata (1 ejemplar lo he vendido a 2 rub. de plata): he aquí el endoso de 7253 francos y 5 céntimos, de No. 12017. El segundo tercio se queda conmigo.
Sobre tu libro hay muchos comentarios. Éste constituye ahora el tema principal de las pláticas mundanas. Hablan a favor de éste y en contra de éste. Antes de hablar del libro, te hablaré de tu proceder con Pogódin2. No me parece bueno. Tú dices, que suele ser útil para un hombre recibir una bofetada pública: es útil para el que la recibe con humildad (como la recibió Pogódin) pero, ¿cuál es la utilidad para el que la da? ¿Quién de nosotros tiene derecho a darla, cuando el propio Jesucristo no le lanzó la piedra a la pecadora? Nosotros, los que hablamos de la iglesia y la ortodoxia, debemos conducirnos en todo con santidad y pureza, para no levantar con nosotros mismos una calumnia a la iglesia y la ortodoxia.
Aún dices de modo extraño, que en nuestro tiempo se puede decir cualquier verdad en voz alta, y como prueba citas a Karamzín3, cuyo Apunte sobre la Rusia antigua4 no se ha publicado hasta ahora, y cuando a mí se me ocurrió alegar un poco a éste (no de lo más importante) en la conferencia, pues recibí por eso una amonestación del curador. Aún no crecimos hasta la verdad superior: no es necesario culpar a nadie de eso. Se ve que aún no somos dignos de ésta; y además, ¿dónde está ésta pues? No está tampoco en los estados occidentales, que tienen el derecho a estar orgullosos de su franqueza ante nosotros; no vamos pues a culparnos por que no la tenemos en nuestro país, pero tampoco vamos a adular a nuestro tiempo. Es verdad que un alma pura tiene más derecho a la verdad, pero sólo tienen derecho a decirla las personas inofensivas, que no tienen nada que temer.
¿Cómo pudiste cometer el error, de encontrar en el mensaje de Púshkin a Gniédish una idea totalmente distinta, una idea indecorosa incluso5? No sé cómo Pletnióv6 no te corrigió. El mensaje fue dirigido a Gniédish: ¿cómo Púshkin pues, podría decirle a algún otro “tú nos maldijiste”?
A juzgar por tu libro, te encuentras en una situación transitoria. Tu razón está convencida de la verdad de nuestra iglesia y ortodoxia, pero tu voluntad está contagiada de una enfermedad moderna, la enfermedad de la personalidad, y actúas más bien como un católico romano, no como un ortodoxo. Así me puedo explicar en tu testamento7 la primera idea sobre tu cuerpo, y la última sobre el retrato. En ti hay autolatría: con eso le gustas a esas damas nuestras que, aunque son ortodoxas, están contagiadas de la misma enfermedad que tú. Así me explico tu adoración a una de ellas, a quien le permites decir todo, asegurándole que todo estará perfecto, incluso si le sucediera decir una estupidez, que eso puede sucederle a cualquiera8. Tus consejos al hacendado, a la ama de casa y demás, proceden de tu propia personalidad, que sufre de achaques. Las cartas sobre la iglesia rusa y el clero, y la fiesta luminosa de la Resurrección son hermosas; muchas cosas sobre nuestros poetas (sabes, incluso, darle una nueva forma a lo sabido, hablas como un creador, como un artista). Sólo observaré que adulas demasiado a Zhukóvskii9.
De la segunda edición de tu libro me encargaré sólo con la condición, de que sea eliminado lo que dijiste de Pogódin. En caso contrario, me niego. Yo no quiero que pase por mis manos una bofetada a un hombre que quiero y respeto, a pesar de sus defectos, que cada uno tiene bastante. Tú mismo dices en una de las cartas: corrígelos antes en ti mismo. La puerilidad en la palabra y las ediciones es más perdonable que la puerilidad espiritual, que procede en nosotros de un ilimitado amor propio. Por lo primero respondemos sólo ante el público y nos perjudicamos sólo a nosotros mismos, por lo segundo respondemos ante Dios. Adiós. Tuyo

S. Sheviriév.

1Los Pasajes selectos de la correspondencia con los amigos.
2Mijaíl Pogódin, profesor de la Universidad de Moscú, académico, historiador, dramaturgo, editor de las revistas El Heraldo de Moscú y El Moscovita.
3El capítulo Karamzín, de los Pasajes selectos
4El apunte de Nikolai Karamzín Sobre la Rusia antigua y moderna, enviado a Alexander I en 1811, constituye un documento político que critica al gobierno, recomienda fortalecer la monarquía y valora de distinta forma las transformaciones de Pedro I.
5En el artículo Sobre el lirismo de nuestros poetas, incluido en los Pasajes selectos… Gógol escribe, refiriéndose al poema de Alexánder Púshkin Con Homero sólo tú hablaste largamente… (1832), que éste había sido dedicado a Nikolai I, cuando en realidad fue dedicado, como sabían muchos contemporáneos, a Nikolai Gniédish, traductor de La Ilíada.
6Piótr Pletnióv, escritor, crítico, profesor del Instituto Patriótico, editor de la revista El contemporáneo, rector de la Universidad de San Petersburgo.
7Ver los comentarios a la carta de Mijaíl Pogódin a Gogol del 17 (24) de marzo de 1847.
8Se refiere a la carta La mujer en la sociedad, de los Pasajes selectos.., dedicada según Stepán Sheviriév a Alexándra Smirnóva.
9Vasílii Zhukóvskii, poeta, escritor, traductor, antiguo director de la revista El Heraldo de Europa, preceptor de la familia zarista, protector de escritores.

Imagen: Anatoliy Omelchenko, To Eternity, 2006.

sábado, 24 de enero de 2009

Gógol a S.P. Sheviriév


Nápoles, 30 de enero (11 de febrero) de 1847.

Recibí tu carta con la noticia de que Yazíkov1 ya no está. ¡Así, esa alma celestial, despejada ya está en los cielos! De todos mis amigos, él tenía más que otros ciertas peculiaridades que estaban también en mi naturaleza, y que no reveló, sin embargo, ni en sus obras ni incluso en sus pláticas con otros, y que fueron la razón de que existiera entre nosotros una amistad estrecha. Nuestras ideas y gustos eran casi afines. Pero el juicio y la pureza de un adolescente, que yo no tenía, brillaban al mismo tiempo en sus palabras. ¡Qué bueno era conmigo y cuánto me quería! ¡Oh!, que Dios nos conceda a todos cumplir nuestro deber en la tierra con honradez, para merecer la beatitud y el regocijo celestiales junto a él, con quien era tan agradable platicar ya aquí en la tierra, como si platicaras con un ángel en los cielos. Te agradezco por que, finalmente, hablaste conmigo con franqueza y te atreviste a hacerme reproches. Yo los espero de todas partes, los busco en todos, aunque nadie cree aún en mis palabras y piensan que le tomo el pelo a las personas. En tus reproches hay su parte justa e injusta, pero una y otra son preciosas para mí porque me demuestran, en primer lugar, cómo soy a tus ojos; y en segundo, me obligan de todas formas, una vez más, a observarme y examinarme con más severidad. Esto es lo que considero necesario decirte ahora como respuesta a ésos, decirte no para justificarme, sino para apartar de tus pensamientos esa inquietud por mí que, como advierto, sembraron en ti mis palabras expresadas con embarazo e irreflexión. Empezaré por que tu comparación de mí con la princesa Volkónskaya2 respecto a las exaltaciones religiosas, la autocomplacencia y la aspiración a la voluntad de Dios para mí de modo personal, así como tu descubrimiento en mí de rasgos de catolicismo me parecieron incorrectos. En lo que respecta a la princesa Volkónskaya, pues hace tiempo que no la he visto, no me asomé a su alma; además, ese es un asunto de tal género, cuya verdad auténtica puede saber sólo Dios; y en lo que respecta al catolicismo, pues te diré que llegué a Cristo más bien por la vía protestante que por la católica. El análisis del alma humana de forma tal, como no hacen los otros hombres, fue la razón de que yo me encontrara con Cristo, asombrándome antes de su sabiduría humana y de su conocimiento del alma nunca antes visto, y ya después inclinándome ante su divinidad. Exaltación en mí no hay, sino más bien cálculo aritmético; yo simplemente, sin acalorarme ni apurarme, reúno las cifras, y las sumas salen por sí mismas. En las teorías no fundamento nada asimismo, porque yo no leo nada, excepto documentos estadísticos de todo género sobre Rusia, y el contenido particular de los libros. Respecto a la dedicatoria a Pogódin3 caíste en un extravío asimismo. Yo hace tiempo ya, gracias a Dios, que no estoy enojado con nadie. Pero para la dedicatoria escogí, a propósito, las palabras más ásperas, deseando destacar a sus ojos esos defectos, que a él le parecen pequeños y no importantes, e incluso herirle un poco el alma. ¿Qué hacer pues? Hay hombres a los que no lograrás soltarle la lengua como es debido, hasta que no los enojes. Además, yo lo obsequié con lo mismo que me obsequio a mí a diario, y con lo que desearía me agasajaran los otros más a menudo. Por lo demás, en vano tienes tan mal concepto de Pogódin. Él es mucho mejor de lo que te imaginas, y en particular ahora. Es generoso, y eso constituyó siempre el rasgo principal de su carácter, a pesar de todos sus defectos: él mismo empezará a zaherirse y abatirse, precisamente, con mis palabras, con esas mismas que yo escogí para su dedicatoria. Como prueba de que yo no guardo nada en mi alma en contra suya, te adjunto a ésta una esquela para él mismo. Finalmente, en conclusión y gratitud por los reproches, te agregaré aquí un reproche para ti, un reproche por esa afición que advirtieron en ti no sólo yo, sino todos esos que te conocen o leyeron tus obras. El espíritu de afición en ti se oyó siempre en todo. Afición a la tierra, a las personas, incluso a alguna idea propia, personal, que ajustas y aplicas a todo por largo tiempo. ¡Acaso no decían casi todos hace poco, que Sheviriév no se las puede arreglar sin Italia, y la pega donde quiera que sea, venga o no venga al caso! Ese espíritu de afición empezó a desaparecer en ti en tus últimas obras, a medida que empezaste a acercarte al término medio de todo. Éste no lo hay casi del todo en tu curso4. Yo pensaba que ya había desaparecido en ti. Pero ahora veo que se conservó, aún con toda su fuerza, hacia esas personas que quieres. Tú no ves los defectos de éstas; y si los ves no lo expresas, tú le expresas los defectos sólo a tus enemigos, o a esos que te afligieron. Y entre nosotros, ¿para qué ese cuidado de no quemarte de algún modo con la palabra? Mejor hubieras observado ese cuidado, en tus disputas anteriores con Bielínskii5 y con los otros literatos; el endulzar se puede emplear en un asunto con unas personas, que están en un escalón de educación inferior al nuestro, pero nosotros, gracias a Dios, no somos niños. Y ya es hora de que seamos, finalmente, hombres. ¿Para qué pues nos llamamos escogidos y mejores que los demás, cuando no sabemos soportar eso, que no sólo soporta fácilmente un campesino sino que, incluso, recibe con gratitud como la mejor dádiva? ¿Pero y a qué, por ejemplo, se parece tu actual proceder conmigo? Durante largo tiempo estuviste callado, me ocultaste todos los sentimientos y pensamientos sobre mí, y sólo ante la tumba de Yazíkov te atreviste a hablar, expresando que sólo la tumba de Yazíkov te infundió valor. ¿Y qué soy yo pues? ¿Una fiera feroz, a la que sólo pisar da miedo? ¿Te comería, o qué? ¡Debería darte vergüenza! Un amigo así nunca puede ser totalmente útil. En verdad, no deberías ocultarme tampoco esos pensamientos tuyos sobre mí, que te parecieron a ti mismo infundados, sin perturbarte incluso con el temor de decir una estupidez o equivocarte. Todos somos personas, y por eso a cada paso decimos estupideces y nos equivocamos. Que yo soy reservado, eso es otra cosa en absoluto. Yo soy reservado por el temor a desatar con mis palabras nubes enteras de malentendidos, como todas las que tuve ocasión de producir hasta ahora; yo soy reservado por que no maduré aún, y siento que aún no puedo expresarme de modo tan asequible y entendible, para que me entiendan como es debido. Pero para ti, incluso, es un pecado ser reservado conmigo, yo te entendería. Ahora me trajeron tu carta con el endoso adjunto. Me lo enviaste en vano, dinero yo por ahora no necesito. La confusión en cuanto a mi libro en Petersburgo, y otros obstáculos imprevistos aplazaron mi partida al Oriente, y por eso guarda el dinero contigo hasta mi demanda. Yo ya recibí dinero de Pletnióv6, junto con la noticia de la salida de mi libro deformado por la censura. Pletnióv cometió una imprudencia imperdonable al apurarse con su publicación, y no esperar mis disposiciones respecto a los artículos más significativos, no incluidos en éste. Salió en lugar de un libro grueso y sólido algo extraño, ni libro ni folleto. La continuidad y la relación, todo se perdió. En el desaliento, por supuesto, no caí, porque conozco el alma elevada del soberano y no dudo de la autorización, pero todo es un poco desagradable. En mi carta anterior te encargaba la segunda edición del libro en su forma completa. Pero ahora veo que eso retardará su aparición; el envío, la lentitud de las tipografías moscovitas, finalmente, los malentendidos que se pueden producir, con motivo de las adiciones de todos los lugares suprimidos y su distribución conveniente, todo eso me obliga a encargar esa obra a Pletnióv de nuevo. No olvides, sin embargo, trasmitirme todas las opiniones sobre ese hueso pelado que apareció publicado, tanto las tuyas como las otras; encarga a otros averiguar qué hablan de éste en todas las capas de la sociedad, sin excluir incluso al personal doméstico; y por eso ruega a todas las personas benéficas comprar el libro, y regalarlo a las personas simples e indigentes. Aún te rogaré por una bondad. Mi buen Yazíkov ya no está en la tierra, y por eso no hay nadie que me mime con el envío de libros, con el gusto y la alegría con que lo hacía él, y por eso no olvides enviarme siquiera de vez en cuando, si te enteras de alguien que se dirige al extranjero. Yo ahora quisiera tener los anales rusos, editados por la Comisión Arqueológica7, -éstos, al parecer, ya son tres, si no cuatro tomos- y de Snieguirióv La descripción de las fiestas y las diversiones rusas, agregándole su libro Los rusos en sus refranes8. Quien los tome, si no los trae hasta Nápoles, pues se los puede dejar en Francfort a Zhukóvskii. Por esos libros le rogué hace poco a Yazíkov en una pequeña esquela9, incluida en una carta a ti, sin saber que él ya estaba muerto en el instante que yo le escribía.

1Nikolai Yazíkov, poeta, miembro del círculo pushkiniano, amigo cercano de Antón Delvig y Nikolai Gógol, entre otros escritores.
2Zinaída Volkónskaya (Bielosiélskaya-Bieloziérskaya de nacimiento), princesa, escritora, dueña de un salón literario-musical.
3Mijaíl Pogódin, profesor de la Universidad de Moscú, académico, historiador, dramaturgo, editor de las revistas El Heraldo de Moscú y El Moscovita.
4Curso sobre Historia de la literatura rusa.
5Stepán Sheviriév y Vissarión Bielínskii mantienen una polémica constante que comienza en 1836, con el artículo de Bielínskii Sobre la crítica y los juicios literarios de El Observador moscovita, y se agudiza a principios de 1840.
6Piótr Pletnióv, escritor, crítico, profesor del Instituto Patriótico, editor de la revista El contemporáneo, rector de la Universidad de San Petersburgo.
7En 1841-1846, la Comisión Arqueológica de Petersburgo edita Los anales rusos en tres tomos.
8Se trata de los libros de Iván Snieguirióv Las fiestas populares y los rituales supersticiosos rusos (M., 1837-1839) y Los rusos en sus refranes. Examen e investigación de los refranes y proverbios nacionales (M., 1831-1834).
9Carta de Gógol a Nikolai Yazíkov del 8 (20) de enero de 1847.

Imagen: John Michael Groves, The straits of Hormuz, XX.

domingo, 18 de enero de 2009

N.Y. Prokopóvich a Gógol


Petersburgo, 27 de junio de 1847.

Soy un poco culpable ante ti, de que no te informé en la carta anterior de la salida de Bielínskii al extranjero: entonces, tu carta a él no habría paseado en vano hasta aquí. Pero de todas formas, se la dirigí con el mismo primer correo a Salzburgo, en Silesia, desde donde tú, probablemente, recibirás su respuesta.
Fue un viaje necesario para Bielínskii: sólo de éste mismo dependía la salvación de su vida que, durante el último invierno, pendió de un hilo más de una vez, y se conservó contra todas las reglas y veredictos de la medicina.
Valiéndome de tu permiso, leí tu carta a él. Me parece que te equivocas bastante, al imaginar que B. escribió porque se tomó de modo personal, ciertas salidas tuyas contra los periodistas en general. Conociendo a Bielínskii hace tiempo, no puedo no estar seguro, de que ninguna línea suya se dirigía a la venganza de una ofensa personal. ¿Por qué no juzgar con más sencillez, y no recibir todo lo que él dijo como un encuentro de convicciones totalmente opuestas entre sí, sinceras en él y, por supuesto, no ficticias en tu libro? Bielínskii no habló con sangre fría de tus obras anteriores, ¿podía acaso hablar con sangre fría de las últimas? Por lo demás, él mismo, probablemente, te expresará todos sus motivos en su respuesta.
Tu encargo de averiguar sobre la aparición aquí, según tus palabras, de un homónimo tuyo lo cumplí, pero no encontré ninguna huella de él aquí; nadie en Petersburgo oyó sobre nada semejante, y no sé de dónde te llegaron esas noticias. Por lo demás, le rogué por si acaso al jefe de oficina, en la agencia de Yazíkov, advertir a todos los libreros, a todos con quien tiene relaciones.

Todo tuyo, Prokopóvich.

Imagen: Anatoliy Klimenko, Simbirsk, Voznesenskiy Cathedral, 1998.

viernes, 16 de enero de 2009

Gógol a P.A. Pletnióv


Ostende, 12 (24) de agosto de 1847.

Tu gentil esquela del (29 de julio/10 de agosto) la recibí. Dejaremos todo por un tiempo. Iré a Jerusalén, rezaré y entonces nos dedicaremos a la obra, examinaremos los manuscritos y lo arreglaremos todo en persona, y no en ausencia. Y por eso hasta ese tiempo, tras recoger todos mis pliegos dados a alguien para examinar, guárdalos bajo llave y retenlos hasta mi regreso. No quiero hacer nada ni empezar, hasta que no culmine mi viaje y rece como quiero rezar, agradeciendo a Dios por todo lo que me sucedió. Sólo ahora, tras escuchar a todos, puedo seguir el consejo de Púshkin: "Vive solo", y demás1. Y sin eso, apenas me serviría ese consejo, pues de todas formas, para ir por el camino de tu propia inteligencia, es necesario antes hacerse bastante más inteligente. Tras considerar todas las críticas, observaciones y ataques tanto orales como escritos, veo que es necesario, ante todo, agradecerle por éstos a todos. En todos lados se dice alguna parte de la verdad, a pesar de que la parte principal e importante de mi libro, con excepción tuya y de dos o tres personas, apenas la haya entendido alguien. Son pocos los que pudieron entender que necesitaba, asimismo, dejar por completo la palestra literaria y dedicarme de alma a mi vida íntima, para después regresar a la literatura como un hombre formado, y no salieran mis dudas como una brillante fruslería.
Tú tienes razón en absoluto, al reconocer la importancia de la literatura (suponiendo el sentido elevado de su influencia en la vida). Pero cuán mucho se necesita para llegar a eso, qué pleno conocimiento de la vida, cuánto juicio e imparcialidad senil para crear unas imágenes y caracteres vivos, que sirvan por siempre de lección a los hombres, que nadie llame al mismo tiempo ideales, sino sienta que están tomados de nuestro propio cuerpo, ¡de nuestra naturaleza rusa! ¡Cuán mucho hay que entender para crear unos hombres que sean, verdaderamente, necesarios para el tiempo actual! Te digo, que sin esa educación interna yo no tendría fuerzas, incluso, para observar bien todo lo que necesito observar. Hay que vencer muchas cosas en sí mismo, toda clase de cuerdas delicadas para no irritarse con nada, no enojarse con nada y saber escuchar a todos con sangre fría, y sopesar cada cosa. Ahora yo, al menos, supe que no sé nada, pero sé, al mismo tiempo, que puedo saber tanto, cuanto no sabe otro. Pero sobre todo esto vamos a platicar cuando nos veamos. Intentaré, a mi llegada a Rusia, ver mejor Rusia, mirar por todos lados, conversar con cada uno sin menospreciar a nadie, cuan opuesto sea su modo de pensar al mío, y en una palabra, palparlo todo yo mismo. Escríbeme sobre tus supuestos para el próximo año respecto a ti mismo, al igual de si te despides de la universidad. Confieso que me da lástima si lo haces. Abandonar el profesorado, eso yo lo entiendo, pero abandonar el rectorado, eso, me parece, no es generoso2. Sea como sea, es un puesto honorable. Éste puede elevarse mucho, por una estancia de largo tiempo de un hombre noble, honrado y de elevados sentimientos. Me da tanta lástima, cuando oigo que algún hombre bueno abandona la palestra de servicio, es como si ocurriera alguna pérdida en mi bienestar personal. Por lo menos, si ya abandonar ese puesto, pues que sea sólo, acaso, para cambiarlo por el de curador de esa misma universidad. La parte más importante del estado es, de todas formas, la educación de la juventud. Y por eso, en los puestos importantes del ministerio de ilustración deben estar, de todas formas, quienes antes fueron educadores y saben por experiencia eso, que otros quieren alcanzar con razonamientos y cavilaciones. Y por lo demás tú, probablemente, ya discutiste y sopesaste todo eso, y sabes cómo debes proceder. En todo caso, escríbeme sobre eso. Dirige la carta a Nápoles, como antes. Yo estaré allí hasta febrero. Te abrazo fuertemente.

Tuyo, N.G.

1Ver la carta de Piótr Pletnióv a Gógol del 4 de abril de 1847.
2Piótr Pletnióv se queda como rector de la Universidad de San Petersburgo hasta 1861.

Imagen: Geoff Hunt, Agamemnon in action, XX.

P.A. Pletnióv a Gógol


Petersburgo, 29 de julio de 1847.

En largo tiempo no te escribí, por que cada una de tus tres últimas cartas1 me obligaba a esperar ya el complemento de la noticia, ya algún paquete de tu parte. Aquí te doy una respuesta por todo de golpe. Pierdo la esperanza de prepararte una copia del libro Correspondencia con los amigos de forma corregida. ¿Acaso olvidaste cuán difícil es reunir aquí a tres-cuatro funcionarios, para un asunto serio común? En invierno es difícil hasta lo increíble, y en verano es imposible. M. Vielgórskii2 vive en su casa de campo, por el camino Petergóvskii, y se traslada ya a Petersburgo, ya a Petergóv. Viáziemskii3 se instaló en la isla Aptiékar, antes de almuerzo está ocupado con el cargo, y después siempre en sociedad. Yo hace veintiún años que vivo en el mismo lugar, junto al instituto Liésni, en la casa de campo de Bekleshóva. Pero dirige las cartas y los paquetes a mí como antes, a la universidad. A. Rossetti4 se fue a Kalúga, a donde su hermana5, y aún no ha regresado. Yo incluso no sé, si recibirás alguna vez el ejemplar de la Correspondencia corregido por nosotros. ¿Acaso si te dedicaras tú mismo a ese asunto? Tú has leído tantas observaciones sobre el libro, y has reflexionado tanto tú mismo sobre todo, que puedes preparar una segunda edición corregida y aumentada, incomparablemente, mejor que los extraños. Si todo estuviera copiado con suficiente legibilidad, yo podría proceder al instante a la impresión. Por la ayuda a ti de tus amigos asignados no respondo. Mi voz para ellos es nada. Pero si quieres, resueltamente, algo de ellos, escríbele tú mismo a Viáziemskii o a Rossetti, y anuncia que para tal plazo esperas su realización, y después de eso no vas a necesitar nada más. Con nuestros amigos no se puede acordar de otra forma. Tu otro libro, El relato de tu autoría6, me lo puedes enviar tan pronto se te ocurra. Yo al instante lo imprimo. El certificado de vida que recibí, y el dinero fueron depositados a tiempo en el monte de piedad. Allí mismo está también tu dinero anterior, que recibí con el segundo endoso de Stiglitz. Tú debes advertirme por anticipado cuándo y cuánto dinero necesitarás, y a qué dirección enviarlo. El nuevo, espléndido poema de Zhukóvskii7, el censor lo dejó pasar todo hasta el último verso, y yo ya le envié de vuelta el manuscrito censurado a Zhukóvskii, para que pueda publicarlo, como quería él, en Karlsruhe. ¿Por qué tú también, para evitarte los gastos, no haces lo mismo? Además, bajo tu propia vigilancia ya no habrán errores. Envíame, si deseas, el desenlace rehecho de El inspector8. Yo se lo mostraré a Biernádskii9. Sin el manuscrito él no puede decir nada, si está o no en condición de preparar las estampas para la edición de El inspector completo. Y tú no harías mal, si te ocuparas más atentamente de toda la comedia, la releyeras con la pluma en la mano y me enviaras el original completo, en la forma que deseas imprimirlo con el desenlace. Que Dios esté contigo. Te abrazo.

P. Pletnióv.

1Cartas del 27 de abril (9 de mayo), 29 de mayo (10 de junio) y 28 de junio (10 de julio) de 1847 (Acad., XIII,).
2Mijaíl Yúrievich Vielgórskii, conde, mecenas, hermetista, masón.
3
Piótr Viáziemskii, príncipe, poeta, crítico literario, miembro de la Academia de ciencias de San Petersburgo.
4Arkadii Rossetti, oficial del ejército imperial, hermano de Alexándra Smirnóva.
5Alexándra Smirnóva (Rossetti de nacimiento), dama de compañía de la zarina, esposa del gobernador de Kalúga, amiga de Vasílii Zhukóvskii y Alexánder Púshkin.
6Así se refiere Gógol en sus cartas a su trabajo La confesión del autor, que no se edita en vida de él.
7Rustam y Sohrab, poema de Vasílii Zhukóvskii
8En junio de 1847, Gógol trabaja en el Desenlace de El inspector. En su carta del 28 de junio le pregunta a Piótr Pletnióv si Yevstáfii Biernádskii estaría dispuesto a editar El inspector y su Desenlace con viñetas, “suponiendo una viñeta al inicio y al final de cada acto, en la misma página donde están las palabras” (Acad., XIII, No 188).
9Yevstáfii Biernádskii, grabador.

Imagen: Anatoliy Klimenko, Simbirsk, Women Seminary, 1998.

jueves, 15 de enero de 2009

P.A. Pletnióv a Gógol


Petersburgo, 16 de mayo de 1847.

Tú, por favor, no le creas a nadie que las personas que no me conocen y, según tus palabras, no saben valorarme (aunque de valorar pues, te digo con franqueza, no hay nada), pudieron influir en mí de modo desagradable. Yo hace tiempo entendí y sentí que, mientras más vives, menos necesario te haces para las personas extrañas: por consiguiente, no coincidimos en nada. Yo vivo totalmente solo, con excepción de quienes necesito recibir por mi hija. Si me fastidian los comentarios estúpidos sobre tu libro, eso sucede por la lástima que me da la situación lamentable, en que se encuentra nuestra pobre literatura sin pastor.
Sobre el viaje al extranjero este año no puedo ni pensar. Yo termino hacia 1848 el segundo cuadrienio de mi rectoría. Es necesario terminar de servir este medio año. Cuando se realice en diciembre la elección del nuevo rector, dejaré el servicio por completo, y entonces pues seré libre, como tú, de viajar por el mundo, y además no solo, sino con mi hija, que entretanto terminará su enseñanza inicial, y empezará la final bajo mi tutela directa.
Ya le escribí a Vasílii Andréevich1 que recibí de Stiglitz2 ese dinero, que una vez te envió Prokopóvich3. Tú debes decirme de modo definido, si es necesario guardarlo para la impresión de nuevas ediciones tuyas, o a quién enviárselo. En todo caso, no me dejes sin aviso.
Hoy estuve en casa del gran príncipe heredero. Su alteza se dignó a preguntarme dónde tú pasabas el verano. Cuando yo le anuncié que en Alemania, pues el gran príncipe observó que, probablemente, te vería, al disponerse a acompañar al sezariévich4 a Darmstadt.
Me da mucha lástima, que la salud y la suposición respecto al viaje al Oriente, no te permitan venir con Vasílii Andréevich a Petersburgo5. Probablemente, no sabes que en 1847 se conmemora el cincuenta aniversario de su servicio a las musas. Cuán alegre sería reunirnos todos juntos para esa ocasión, y saludar a un solo coro a nuestro inapreciable maestro poeta. Pues ya de nosotros quedamos pocos. Con excepción de Viáziemskii, la casa de los Vielgórskii y los Karamzín, y Smirnóva, yo, incluso, no sé con quién podríamos compartir esa alegría, compartirla no de modo ruidoso, sino en familia. Por supuesto, nuestros sentimientos tendrán una clara resonancia en el corazón del gran príncipe heredero6. Esa dicha no le corresponde disfrutarla a nadie, con excepción de Vasílii Andréevich. Cuando yo le recordé eso hoy al gran príncipe, él se animó tanto, que incluso me ordenó escribir lo que pensaba hacer para esa ocasión. Me agradó mucho ese interés.
Intenta, amigo, fortalecer tu salud y tomar un camino en la vida, por el que puedas ir con paso firme. ¡Oh, cuán grato es sentirse totalmente seguro, y encontrar cada día tanto fuerzas físicas como mentales frescas, para el cumplimiento de las obligaciones que Dios nos impone! Ya hace dos años que me condujo a ese camino un médico, casi no conocido en Petersburgo7.
Te abrazo.

P. Pletnióv.

1Vasílii Zhukóvskii, poeta, escritor, traductor, antiguo director de la revista El Heraldo de Europa, preceptor de la familia zarista, protector de escritores.
2Stiglitz, banquero de Petersburgo.
3Nikolai Prokopóvich, poeta ocasional, maestro de cuerpo de cadetes, amigo de la infancia y compañero de gimnasio de Gógol.
4Sezariévich, príncipe heredero en la Rusia zarista.
5Vasílii Zhukóvskii no puede realizar el viaje a San Petersburgo.
6Vasílii Zhukóvskii había sido instructor del gran príncipe Alexánder Nikoláevich.
7J.A. Nordstrem.

Imagen: Anatoliy Klimenko, Simbirsk, Moskovskaya Street, 2002.

miércoles, 14 de enero de 2009

Gógol a P.A. Pletnióv


Nápoles, 27 de abril (9 de mayo) de 1847.

Recibí tu gentil carta (del 4/16 de abril) justo antes de mi salida de Nápoles; me apresuro, no obstante, a escribir unas cuantas líneas. La respuesta a tus demandas, probablemente, ya la tienes, en parte por mi carta a Rossetti (del 15 de abril), en parte por la carta a ti (del 17 de abril). Te agradezco asimismo por la adjunción de dos cartas muy significativas para mí. A Viguel le escribí una pequeña respuesta adjunta a esta que, por favor, entrégale de inmediato. En lo que respecta a la carta de Briansháninov1, pues es necesario hacer justicia a nuestro clero por su estricto conocimiento de los dogmas. Ese conocimiento se oye en cada línea de su carta. Todo está dicho justamente y todo es correcto. Pero para emitir un juicio pleno sobre mi libro, es necesario ser un profundo conocedor del alma humana, es necesario sentir y oír el sufrimiento de esa mitad de la humanidad moderna, con la que incluso un monje no tiene ocasión de coincidir; es necesario conocer no la vida propia, sino la vida de muchos. Por eso para mí no es nada asombroso, que él vea en mi libro la mezcla de la luz con la tiniebla. La luz para ellos es la parte que conocen, la tiniebla es la parte que no conocen, pero sobre este objeto no tenemos por qué extendernos. Todo eso tú lo sientes y entiendes, acaso, mejor que yo. En todo caso, esa carta me brindó una buena opinión sobre Briansháninov. Yo lo consideraba, basándome en los rumores, simplemente un adulón de las damas y un pope banal.
Unas cuantas palabras sobre tu admiración, ante mi curiosidad por conocer todos los comentarios, incluso los banales, sobre mí y mi libro. ¡Amigo mío, cómo puedes no sentir hasta ahora, que yo necesito eso! En esos comentarios yo busco no tanto una lección para mí, como un breve conocimiento de los hombres que necesito conocer. En los juicios sobre mis obras se descubre el propio hombre. Habla el periodista, pero detrás del periodista hay dos mil personas, sus lectores, que oyen con sus oídos y ven las cosas con sus ojos. ¡No es una futileza! Yo necesito mucho saber qué es necesario recalcar. No olvides que, aunque actúo en la palestra del arte, aunque soy un artista de alma, el objeto de mi creación es el hombre moderno, y necesito conocerlo no sólo por su aspecto exterior. Yo necesito conocer su alma, su estado actual. Ni Karamzín, ni Zhukóvskii, ni Púshkin eligieron eso como objeto de su creación, por eso no tenían necesidad de esos comentarios. Está tranquilo en cuanto a mí: no me turbarán los críticos, y no me harán tambalear en nada de lo que es sano y fuerte en mí. De todos los escritores, cuyas biografías tuve ocasión de leer, aún no encontré ni uno, que persiguiera con tal terquedad su objeto una vez elegido. Esa firmeza mía yo la considero un signo de la gracia divina en mí. ¡Sin Éste cómo podría yo conservarla, entendiendo que a pocos les tocó librar tales batallas, contra toda clase de circunstancias que desvían del camino elegido! Sólo después de todos esos comentarios, se me aclara más la visión de eso mismo que veo, y siento más ardor por la obra. Te repito que estoy demasiado firme en mis convicciones principales. Pero tengo una regla: escucha a todos y hazlo a tu manera. Y lo que haré a mi manera, tras escuchar a todos, pues ya será difícil de convertir en escarnio público, incluso temporal.
Rossetti tiene razón en cuanto a la carta a su hermana2. Exactamente, de la forma en que está, no es decoroso que esté en la prensa. Ruégale que señale con lápiz, en su opinión, todos los lugares embarazosos. Esos son muy fáciles de atenuar, además de que yo mismo siento ya cómo deben estar. El secundo endoso te lo envié de vuelta a través de Stiglitz3, porque aquí el banquero no se encargó de dar dinero por éste. Por lo tanto, ahí ya no es por disposición mía. Ese es su destino. Ese dinero guárdalo contigo. A Prokopóvich no se le debe decir nada. Las cartas dirígelas todas a Francfort, como ya te escribí en mi carta anterior, con la exposición de toda mi ruta de viaje. Te abrazo fuertemente. ¡Que Dios te guarde! ¡Por Dios, siquiera unas pocas palabras sobre ti mismo! Yo, propiamente, no sé casi nada de ti: todas tus cartas están llenas de mí. Tu libro sobre Krilóv es hermoso en todos los sentidos. Es la primera biografía en la que se trasmite al escritor tan fielmente. La revista finalmente la recibí de enero y febrero, pero mi libro no llegó.

Todo tuyo, G.

1Ignátii Briansháninov, archimandrita del monasterio de Siérguiski.
2Gógol se refiere a la carta de Alexándra Smirnóva del 25 de mayo de 1846, que constituye la base del artículo Qué es una gobernadora, prohibido por la censura y que el autor quiere incluir en la segunda edición de los Pasajes selectos...
3Stiglitz, banquero de Petersburgo.

Imagen: Geoff Hunt, HMS Bellona on blockade duty off Brest, XXI.

martes, 13 de enero de 2009

P.A. Pletnióv a Gógol


Petersburgo, 4 de abril de 1847.

No te enojes, mi amigo, por que hacía tiempo que no te escribía. Tú mismo eres, en parte, la causa de eso. Si se salvó mi última carta a ti (del 17/29 de enero de 1847), pues léela de nuevo, y te convencerás, de si no debía esperar yo, de modo incesante, tu palabra decisiva sobre la cuestión, respecto a la segunda edición de tu libro, y la inclusión de las cartas no autorizadas de éste, en el segundo tomo de tal libro. Pero tú, en ninguna de tus cartas, me lo recordaste ni con una palabra. El tiempo pasó y pasó, y ahora pues ya pasó la fiesta de Pascua, tras la que, como tú mismo dijiste justamente, es inútil proceder a la impresión del libro1. Aplacemos todo este asunto para septiembre. Pero hagamos, por ahora, algo decisivo y ejecutable. En espera de tu respuesta a la pregunta de cómo proceder mejor, si gestionar por las cartas no autorizadas para ese mismo libro, o si realmente es más cómodo incluirlas como nuevas en el manuscrito del segundo tomo, nosotros (o sea, el príncipe Viáziemskii, el conde M.Y. Vielgórskii y yo) nos dedicaremos al estudio estricto, de los lugares de las cartas no autorizadas que no se deben, incluso, ni presentar al soberano2. De esta forma, hacia tu respuesta a esta carta, ya tendremos definido con qué completar tu correspondencia, si designas incluir esas adiciones en el primero o el segundo tomo. Ahora intentaré dar respuestas satisfactorias a lo que contienen tus últimas cartas a mí: 3/15 de enero, 25 de ene/6 de feb, 30 de ene/11 de feb, 23 de feb/6 de mar, a las que hasta ahora no respondí. A V.V. Apráksin no alcancé a verlo3. De su parte, sin estar yo, me trajeron tu carta, y yo me quedé en la ignorancia, de si estuvo de paso por aquí o si se instaló a vivir ahí. Él no mandó por mí ni una vez, no sólo que él mismo no estuvo en casa. Tú dices: "Hay personas que tienen un alma hermosa y buenas intenciones, y pecan por ignorancia4". Eso es más un sueño que una verdad. Por eso Pávlov, en su segunda carta a ti (Las noticias moscovitas) se burla de esa convicción tuya5 de modo tan sardónico. Tú me reprendes por que miro tu libro desde un ángulo literario. En mí, la idea de la literatura siempre se funde con la vida. Así, tu libro es importante para la literatura, en mi opinión, por que influirá en la vida. Al reprocharme que, viviendo cálidamente en Petersburgo, yo no compadezco a quienes tienen frío lejos de la capital, te equivocas bastante. Pero yo sé, que nada llega a la perfección de pronto. Si cada uno diera ejemplo a los otros con su vida honrada, pues con el tiempo traería provecho, igual a ése que lo expresó en un libro. El mismo Arkadii Rossetti te escribió. No renuncia a trabajar para ti6, pero no está de acuerdo con que las cartas a su hermana7 sean publicadas así, como están en el manuscrito. Ahora, ninguno de los libreros se presentó a mí con el aviso, de que haya una imperiosa necesidad de una segunda edición de las cartas. Tu idea de que, como tú aconsejaste a los ricos comprar tu libro para los pobres8, se agotará por eso su ilimitada cantidad, es más filantrópica que filosófica: los ricos no compran libros rusos ni para sí mismos; el tuyo se lo llevaron personas del estamento medio, que se contentaron con eso. Cuando pase el verano, surgirá de nuevo la necesidad del libro, y nosotros ahí con la segunda edición o el segundo tomo. No ordenas enviarte más dinero. Y a mí tampoco me queda ni un kópek. Mira bien el informe general de la edición. De esa forma, un envío de dinero a la Pequeña Rusia ahora no puede tener lugar. Sheviriév me escribió que él también te envió ya todo tu dinero. Se te debe acumular mucho de pronto, en particular de ése, que recibiste por el secundo (el endoso de Prokopóvich te lo he reenviado a través de Zhukóvskii). Por favor, no olvides avisarme de eso tampoco. No se puede responder bien a una carta de negocio de otra forma, que teniéndola ante los ojos y poniendo las respuestas línea por línea. Tú alardeas de cuidado, pero en la práctica no sabes mostrarlo. Yo te aconsejo disponer de esa enorme suma de dinero de modo tal, que tengas para unos dos años o más. Entonces, los excedentes de las futuras ediciones, para ese tiempo, podrán ser destinados a la subvención de tus parientes. ¿Oíste acaso que en invierno falleció en Moscú P.I. Rayévskaya9, en cuya casa vivió alguna vez tu hermana? En vano te alarma que me puedan afligir algo, tus reprensiones por el fracaso de la edición de tu libro. Mientras no me abriste tu corazón, yo pude considerar semejantes exigencias tuyas fuera de lugar, pero desde que te uniste de alma a mí, no te aparto de mí. Ni una palabra más sobre eso. Mi Olga10 estuvo donde los Vielgórskii, según tu deseo. La colmaron de atenciones. Tú quieres enviarle el dinero a Prokopóvich de vuelta, tan pronto lo recibas por su endoso. No hagas eso. Él ya sabe, que el dinero apareció (por la carta de Zhukóvskii a mí), y está muy satisfecho con eso. En vano Zhukóvskii te asustó con que tu libro tiene muchas erratas. Lo leí unas veinte veces, y no encontré ni una sola errata. Acaso, por lo ilegible de la letra, el corrector entendió el mismo sentido de otra forma. Pero para mí todo está muy bien. La no concesión del pasaporte te retuvo por el presente año. Yo creo que la providencia sabe mejor que nosotros lo que trama. Todo lo que escriben sobre tu libro, se te envía con Arkadii Ósipovich Rossetti a través de Priánishnikov. Pero ya verás qué sandez escriben nuestros periodistas. Así debe ser. ¿Acaso puede un crítico, que se lanza a la pluma a un instante de la lectura, decirle algo aleccionador al autor, que ha pensado años sobre el tema? Tu sed de leer esas estupideces, es para mí la única mancha en tu alma pura. Ni Karamzín, ni Krilóv, ni Zhukóvskii, ni Púshkin aprendieron de nuestros críticos: ellos sólo se sumieron en sus pensamientos. Y tú, cuando resuelvas el asunto, deberás reconocer que nadie corregirá tan bien en tus errores, como tú mismo. El mismo Púshkin dijo:
¡Eres un zar: vive solo11!
Te adjunto las cartas: 1) de Briansháninov (archimandrita del monasterio de Siérguiski, junto a Striélni, que me la dio Marie Balabína12 y 2) de Viguel13, de Moscú.

P. P.

1Gógol escribe a Piótr Pletnióv el 30 de enero de 1847, sobre la segunda edición de los Pasajes selectos..: "el libro debe ser publicado hacia el Domingo de Ramos, ya que después de ese tiempo, como bien sabes, todo lo libresco se detiene".
2Gógol pide a Piótr Pletnióv, en su carta del 3 de enero de 1847, contemplar con Mijaíl Vielgórskii y Piótr Viáziemskii la presentación del texto completo de los Pasajes selectos... a Nikolai I.
3Gógol quiere que Piótr Pletnióv conozca a Víctor Apráksin, sobrino de Alexánder Tolstói; para eso envía una carta a Pletnióv a través de Apráksin, a quien recomienda como "un joven muy activo" y con intención de dedicarse seriamente al bienestar de su gran hacienda (Acad., XIII, Nº 96).
4Piótr Pletnióv se refiere a la carta de Gógol del 3 de enero de 1847.
5En Las noticias moscovitas de 1847, Nikolai Pávlov publica tres cartas a Gógol, dedicadas a los Pasajes selectos...
6En su carta del 30 de enero de 1847, Gógol sugiere a Piótr Pletnióv pedir ayuda a Arkadii Rossetti, para realizar la segunda edición de los Pasajes selectos..: "...él sabrá hacer bien la corrección" (Acad., XIII, No 115).
7A Alexándra Smirnóva están dirigidas las cartas Sobre la ayuda a los pobres y Qué es una gobernadora, de los Pasajes selectos.
8En su Prólogo a los Pasajes selectos.., Gógol propone...
9Praskóvia Rayévskaya, conocida de Gógol, de Moscú.
10Olga Pletnióva, hija de Piótr Pletnióv.
11"¡Poeta!, no valores el amor del pueblo...", cita de Al poeta, poema de Alexánder Púshkin.
12Marie Balabína, hija del teniente general Piótr Balabín; Nikolai Gógol había sido maestro a domicilio de ésta en 1830, por recomendación de Piótr Pletnióv.
13Filipp Viguel, funcionario, escritor de memorias, miembro de Arzamás, círculo literario de San Petersburgo.

Imagen: Ruben Safronov, Evening, 1995.